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martes, 18 de octubre de 2011

Ensayo sobre ls Ceguera. Libro magistral sobre el comportamiento humano.



Pocos son los libros que nos atreveríamos a leer más de un par de veces. Armando Fuentes Aguirre, alias "Catón", siempre dice que un libro que no merece una segunda lectura, simplemente no merece estar en tu biblioteca.

"Ensayo sobre la ceguera" es un libro que he leído 6 veces. Y siempre me deja lecciones (cuando no me deja atónito) sobre la vida y el devenir de la especie humana. Y me da mucho gusto que también haya sido un libro del agrado del alumno y compañero DIEGO RAMÍREZ, que incluso tuvo la iniciativa de elaborar una reseña y reflexión sobre el citado libro.

Sin más preámbulos, transcribo las líneas que Diego redactó producto de su experiencia con el libro. Epero las disfruten.

Introducción general a la obra

Después de leer éste libro me quedan infinitas dudas sobre el comportamiento humano, yo creo que siempre será impredecible.

Es sorprendente como José Saramago logra una identificación tan completa del lector con todos los personajes sin siquiera mencionar el nombre de ninguno de ellos, yo sostengo que ahí está la maestría de éste libro y la razón que tiene al decir que no somos nada más que nuestros actos, y así podemos llegar a conocernos mejor que de cualquier otra forma.

El enigma de este libro es la causa de la ceguera; muchos lectores la pueden llamar fortuita, y otros tal vez le den mayor importancia a lo que causa la ceguera que a la causa de ésta. Después de haberlo reflexionado mucho tiempo, estoy convencido que la causa de la ceguera es nuestro propio aferramiento a lo que nosotros creemos y pensamos, sin atrevernos a ver la realidad del mundo, todo lo que nos rodea. Es por eso que la mujer del médico sufre más que todos los demás, porque ella sí tiene ojos y sensibilidad para ver lo que pasa; mientras que los demás son indiferentes hacia su alrededor y su primordial interés es su bienestar. Es mucho más difícil abrir los ojos hacia un problema, verlo y entenderlo realmente, que hacerlo a un lado como si no tuviera nada que ver con nuestra vida. La ignorancia, la necedad, la indiferencia, el egoísmo, la soberbia, el orgullo, la insolencia, la pereza: eso es la ceguera.

En este libro hay tantos mensajes, maneras de ver la vida, enseñanzas, que vienen implícitas en la situación de los personajes, es decir, que no necesitamos hacer una pausa para explicarlo, es suficiente el mencionarlo, que no creo que pudiera resumirlo todo en este ensayo. Un libro lleno de retórica y metáforas.


Análisis de la Novela

El libro habla sobre como todo un país se va quedando ciego sin explicación alguna, la ceguera comienza con un conductor que no puede ya manejar porque de pronto se quedó ciego en su coche. Todas las personas que tienen contacto directo con él o con alguien que lo haya tenido, se van quedando ciegos. Esta ceguera no es común y corriente, no es por ausencia de color por lo que el ojo no manda señales al cerebro, sino por la excesiva iluminación en sus ojos, la cual los cega.

La mujer del oftalmólogo quien atiende al primer ciego, y a algunos otros pacientes que padecen esta ceguera, después de haber tenido ya problemas con los ojos, es la única persona que no se queda ciega en esta tragedia.  Lo encuentro un tanto curioso pues es la única persona que finge estar ciega y que lo grita sin estarlo, por lo que a mi me parece mas bien una ceguera psicológica más que una fisiológica.

En la trama del libro van muriendo por diferentes razones algunos de los personajes secundarios, pero los principales siempre se mantienen con vida, como si el autor quisiera que nos identificáramos a lo largo de la historia con ellos. El único que muere es el ladrón que le robó el coche al primer ciego, y muere por haberse intentado aprovechar de una de las ciegas, una mujer que fue a ver al médico por tener cataratas antes de quedarse ciega.

Todos estos personajes se reúnen y se conocen en una cuarentena que organiza el gobierno para aislar a los primeros ciegos y a los posibles contagiados. Esta autoridad pide a los afectados que guarden la calma y se solidaricen con el país, por supuesto, sin que el gobierno realmente se solidarice con ellos, ya que su trato hacia los invidentes fue peyorativo.  

Al cabo de unas semanas los ciegos en cuarentena ya eran demasiados para el cupo que tenía el manicomio donde se encontraban. Manicomio, en primera porque ésa era la función original de las instalaciones, y en segunda porque las personas que ahora se encontraban dentro de ellas ya actuaban como locos. Incapaces de ver, por lo tanto, incapaces de actuar y de comportarse. Pareciera que la moral sólo existiera gracias a una sociedad que castiga al que se comporta de manera diferente y no por convicción propia; ya que la mayoría de los ciegos, hasta los que se hacían llamar “decentes” y  “educados” tenían ya peores modales que aquellos a quienes criticaban.

Cabe mencionar que al entrar la segunda oleada de nuevos ciegos, se embotellaron en las puertas del manicomio como pudieron, para poderse hacer de una de las pocas camas que quedaban. Muchos terminaron muertos y otros gravemente heridos, además otros niños, mujeres y viejos, que por su edad o condición debiesen tener un mejor trato según las reglas que nos pone la vida, se encontraron durmiendo en la cochinada y en los deshechos de aquellos que no habían podido llegar al baño, en los pasillos. Por si fuera poco, además de la inmundicia que dejaba todo esto, los ciegos eran incapaces de bañarse, no creo que haya sido por tiempo, pues pasaban la mayor parte del día (o la noche, pues ni ellos sabían que hora era) esperando su siguiente comida.


El autor hace énfasis sobre las condiciones deplorables en las que se encontraban los ciegos y como la costumbre va más allá de la comodidad. Los ciegos viven en lo más bajo y lo mas salvaje en lo que el ser humano alguna vez, hasta en sus tiempos más remotos, se ha encontrado. Parece que un sólo sentido perdido, se lleva consigo e incapacita a todos los demás.

En un desastre y desorden total, ya nada le pertenecía a nadie y todo les pertenecía a todos, lo material dejó de ser importante; pues ningún buen uso le podían dar adentro de esas paredes; el dinero, el status social, la religión, todo ya pasaba a ser irrelevante, eras lo que hacías, lo único que tenía alguna importancia todavía y siempre la tendrá, era la inteligencia, la sabiduría y la capacidad de razonar; lo superficial dejó de representar algo fundamental como en el mundo que conocemos ahora. Tal vez una pequeña y clara lección a los utilitaristas y materialistas.

“Cuando el cuerpo se encuentre liberado de servidumbres brutales y egoístas, que resultan de la simple, pero imperiosa necesidad de mantenerse” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera p.89) Esta frase está totalmente sacada de contexto, pero yo creo que así es como más nos sirve. El cuerpo y la mente funcionan mejor cuando no existe una necesidad de complacer o hasta evitar tentaciones de la vida, que parece que la optimizan cuando en realidad la deterioran. Cuando no hay espacio para siquiera pensar que no deberíamos preocuparnos o tener miedo, en ese momento, es cuando somos libres de pensamiento. Cuando no estamos segados en la fuerza de la vida, esperando a que nos den destino. Sabiendo que “algunas palabras dichas a tiempo valen más que un discurso” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera p.96); cuando razonamos, es cuando no estamos ciegos.

Pero esto para el autor es difícil, una vez que nos estamos dando cuenta que vemos, para lo único que nos sirve, es para desear que no podamos advertir esa realidad frente a nosotros; ejemplares los que ven y siguen queriendo conocer y darse cuenta, pero no sólo eso, sino participar.

Al cabo de unos días, se formó en la tercera sala del lado izquierdo, como es común en este mundo, un grupo de personas que se apoderaron de toda la comida que llegaba al zaguán cada día. Usando algunas partes de los fierros de las camas y de lo que les permitía la ceguera agarrar, para hacerse unas cuantas armas para defenderse. Es claro que hasta el ser humano más inepto, puede buscar la forma de controlar a los que parecen más capaces.

“De ahora en adelante si queréis comer, tendréis que pagar por ello” dijo el líder de los vándalos, que había conseguido meter una pistola a las instalaciones. Es difícil temerle a algo que no puedes ver ni escuchar, pero al sonido del primer disparo a nadie le quedó una duda de que iba en serio. El costo era mayor para el que tenía más lujos (que ahora no eran más que chatarra) y mucho menor para el que no había llevado nada de valor a la cuarentena, pero el pago se hacía por sala y pagaban todos por el bien de todos, nunca sabían cuanto podía ser muy poco para los maleantes. Mucho o poco dinero, todos comían las mismas miserias.

A la mujer del médico por una razón que no conozco todavía, se le ocurrió, como siempre, ser la protagonista en las preguntas que solo irritan a alguien que quiere mantener el orden. Preguntando como iban a pagar, como sabrían donde recoger las cosas y cuántas personas; como si importara, si no pueden ver solo es importante lo que puedan tocar, los objetos de valor; además, cuando el hombre ya está enojado y quiere que se vayan con un trato relativamente amable, lo peor es hacer ese tipo de preguntas que se resuelven solas. Cuando el ciego pidió a todos irse a sus salas, el maleante le dijo a la mujer del médico que no olvidaría su voz, y ella, no se si inteligentemente o muy estúpidamente se le ocurrió decirle que no olvidaría ella su cara; a lo que él quedó sorprendido.

Vaya acto de la mujer del médico, lo único que consiguió era que le dieran menos cajas a su sala. Ya decía Moliere, “Lo más difícil de enfrentar es el espejo de nuestros propios defectos”. Todos empezaron a juntar sus pertenencias para entregarlas. Collares, anillos, aretes, relojes; todo para pagar lo que ahora y siempre ha sido más valioso, la comida. Además de que eso ahora ya tenía menor uso y valor que unos calcetines, ya que el valor de un objeto se lo da cada persona y a los ciegos le servían más un par de zapatos.

Pero la situación no era del todo mala, ahora tan siquiera ya se administraría mejor la comida y no habría salas que se llevaran muchas cajas para ellos solos, dejando a los demás con la boca vacía.

Por otra parte, se sabe que cuando la gente tiene poder sobre un grupo, legítimo o ilegítimo, no pueden comportarse a la altura de las situaciones. Sin pretender generalizar, ya que conocemos los cambios en sociedad, pero si hablando de una mayoría. Al procurar mantener ésta jerarquía, toman siempre lo mejor y prefieren tener una mejor imagen que los demás, darse lujos innecesarios; no con el afán de hacerlos menos, pero si de hacerse ellos más. Yo creo que esto podría explicar el comportamiento de algunos gobiernos e inclusive de la iglesia.

Los maleantes preferían dejar la comida a pudrirse que dársela a quienes realmente la necesitaban, únicamente para sentir que seguían teniendo el control; ya que no había razón para un castigo y sus barrigas ya estaban demasiado satisfechas. Cuando se empuja al límite una circunstancia y no hay una reacción de los subordinados, da pie a que se sigan haciendo peores cosas, como las que estaban a punto de realizar.

Se acercaron a cada una de las salas dando el nuevo aviso, ya que se habían aprovechado de los bienes de los demás, decidieron ahora tener a las mujeres en cambio de comida. Es una verdad absoluta, como se escuchó en una de las salas, que la dignidad no tiene precio; pero por otra parte, no es digno tampoco comer a costa de los esfuerzos y trabajos de los demás. Finalmente, todas las mujeres después de una larga discusión decidieron que irían, conociendo las consecuencias, si eso les traería comida. Acordémonos que no había autoridad ahí dentro que velara por los derechos de nadie, la ceguera no juzga por oficios, es igual para todos.

Ahora resulta, que la que en su vida pasada (si así lo podemos llamar ya que ésta es otra completamente diferente) era una prostituta, o mujer de moral distraída, es la que ahora se da más a respetar. Pero como dije es otra vida, y no se puede calificar a todas las personas con el mismo adjetivo. Ya que esta mujer de las gafas oscuras solamente cobraba renta de su cuerpo a quien quería.

Volviendo al tema, estoy seguro que los maleante no eran del todo unos depravados, si no que simplemente les gustaba aprovecharse de la situación en la que se encontraban, más que querer hacer lo que hacían. Recordemos el hombre que antes de su siesta quiso tomar el pan que dejó debajo de su cama para digerirlo antes de dormir y no encontró nada, algún inteligente se lo habrá llevado. En ese momento se paró y fue a añadirse al grupo de aprovechados, prefiriendo ser el opresor que el oprimido, aunque hizo el intento. Esto explica porque los movimientos de dominación tienen tanto éxito. Retomando mi punto, yo creo que a un depravado y menos a uno ciego, no le importaría violar a una mujer que tiene la regla; éstos por otra parte avisaron que no importase quien la tuviera, que por favor no se presentara, que esperarían hasta otro día. Lo que nos dice que no estaban urgidos de placer, pero si de poder. Ésta orden, seguida de groserías para no perder la autoridad, sin darse cuenta que no hay palabras más impersonales, vacías y fáciles de digerir que los insultos; algo difícil de escuchar es la verdad, que era lo que los de la sala querían hacerles saber.

Innecesarios los detalles, solo se escuchaban los gritos ciegos de las mujeres que entraban a la tercera sala del lado izquierdo, mucho menos forzoso el explicar, porque una de ellas venía en manos de las otras seis mujeres mientras lloraban al cargarla. Intentando hacer su muerte más digna, fueron, guiadas por la mujer del médico, que sufrió la misma suerte, al baño por agua para limpiarle la sangre del cuerpo. Acostada en una cama, con seis mujeres a su alrededor limpiando su cuerpo pero no su alma. Se encontraba la mujer que no había podido dormir las noches pasadas. En silencio absoluto, no había duda para ninguno de los hombres, el horror de la situación se la podían imaginar.

Se siguió el mismo protocolo a los tres días con las de la sala de a lado, buscando a las ofrendas; pero hicieron una pequeña parada en la primera sala del lado derecho, un ciego que parecía haberlo sido desde mucho antes de la epidemia por su manera de comportarse y conocer del sistema Braille osó preguntar de manera cínica si las 7 estaban listas y emocionadas, a lo que la mujer del médico contestó con mayor frialdad: “Murió una, pero no se ha perdido gran cosa”. Los ciegos que habían ido en busca de ellas se quedaron atónitos, no supieron que decir, y se fueron. La mujer del médico tomó unas tijeras que había sacado de su bolso al vaciarlo para pagar la comida, y las llevo consigo. Quién sabe como le ha cambiado la vida el no ser ciega. ¿Cuándo es necesario matar?

Entre el desenfreno de los cerdos contra las mujeres a las que tocaba pagar su parte en la sala de los maleantes, entró la mujer del médico. En medio de tantos cuerpos forzados y aventados nadie sería capaz de percibir la presencia de otra alma. La mujer del médico se acercó lentamente y apuntó a la yugular del líder; las clavó sin dudarlo, mientras una mujer hacía su trabajo. Colmado el ambiente de gritos de placer y dolor, se disfrazó el grito de agonía que soltaba el hombre, pero el ciego contador (aquel que fue ciego desde mucho antes) distinguió el sonido e inmediatamente supo que se trataba de la mujer del médico, que tantos problemas les había dado. Y si es verdad que hasta cuando planeamos de la mejor manera las cosas algo sale mal, a la única a la que la vista le servía de algo, para bien o para mal, y la única que tuvo tiempo de pensarlo todo, fue a la que se le olvidó lo esencial. En este caso el poder lo mantenía quien poseía el arma más poderosa, la mujer del médico lo tenía en la primera sala por ser la más inteligente pero en ésta y en todas las demás, el arma era la pistola del ahora muerto. Su instrumento de sometimiento, ahora en manos de otro maleante, el ciego contador. Disparó hacia todos lados pero ya muy tarde, las mujeres se habían ido y la mujer del médico se encontraba en el pasillo.


Las personas no sabemos de que somos capaces, incluso aquellos que creen conocerse bien. Cuando una situación nos impulsa a dar un extremo de nosotros, ya sea para bien o para mal, para salvar o para matar; en este caso salvando a los hambrientos y matando a los tiranos, es más fuerte la necesidad y la insuficiencia de un grupo de personas, que la vida de quién las subyuga; mucho menos sabremos como reaccionaremos si un grupo depende y confía en nosotros.

Y si algún significado tuvo el haber tenido vergüenza y ahora finiquitarla dentro de ese infierno; ya tampoco tendrían a nadie que les llenara la barriga, pero siempre ha habido quien se llene la barriga con la falta de vergüenza; si algo les quedaba, era poca dignidad. Que en realidad sobraba, alguna forma de recuperarla para los hombres sería el ir por la comida. Es cierto, tienen armas y ellos solamente las manos, pero las mujeres tampoco tuvieron con qué defenderse. Hubo quién dijo que no estaba dispuesto a perder la vida para que los demás se llenasen la barriga, otro hombre le preguntó si estaba dispuesto a no comer si alguien perdía la vida para que comiera. Cierto, a veces parece que la razón protege al egoísmo, pero no es así.

A la mañana siguiente, nadie se atrevió siquiera a preguntar por la comida, mientras no lo hicieran, no escucharían el áspero “No hay” y aún seguiría la falsa esperanza. Si no fuera por la mano que degolló a aquel maldito, seguiríamos comiendo; que importa mandar a las mujeres de vez en cuando. Pensó aquel mismo hombre. El mismo egocéntrico que espera que arriesguen el pellejo por él y no está dispuesto a hacerlo por nadie, vaya que rondan muchos de ésos, aunque no ciegos, por las calles.

Encontrar la comida se volvía imposible, parecía ya no llegar al zaguán, todas las salas esperaban ansiosas y aquel ciego contador que creía tener el poder por tener la pistola también ansiaba la guerra que se desataría. Oportunidad para volver a enseñar quien manda. Los ciegos siempre están en guerra. Lo que no divisaba era que el arma ya no lo hacía el ser superior; siquiera aquel otro hombre, que si de algo le sirvió ser un aprovechado, ahora que está enterrado y putrefacto en el mismo jardín que aquellos que hicieron el bien en su vida, había tenido poder de convencimiento, sabía tratar a los suyos. Conocía la primicia de las dictaduras, no puedes someter a todo el mundo, algunos fuertes tendrán que creer en ti, y nadie creía en aquel contador.

Todos aquellos alientos que hace poco se daban a respetar, hablaban de libertad y dignidad estaban ya no solo ciegos, pero mudos. Incapaces de comprender lo que pasaba, bloqueados, y fue la mujer que todo este tiempo había estado callada la que decidió hablar, con acciones, porque así se calza a la gente. Esa noche tomó un encendedor, uno nunca sabe cuando va a parar el vicio y lo llevó al manicomio, de haber sabido para que lo usaría. Aquel encendedor que prendería lo que algún día le quitaría la vida, ahora encendería la esperanza de vivir mejor. La sala de los maleantes estaba barricada por unas camas, impúdicas. Y si alguien conoce los conceptos más básicos de la química, aquellos deshechos prenderían en un abrir y cerrar de ojos ciegos, toda aquella sala, con la única puerta de salida tapada por las llamaradas. Si una puerta en el pasado evitaba que salieran los locos, ahora evitaría que salieran los estúpidos.

El manicomio se incendió más rápido de lo pensado, pagando más justos que pecadores como siempre. Y por si fuera poco, como todos nos cegamos por bien propio y nos olvidamos de los demás. Aquellos ciegos atropellaron lo que se encontraba a su paso. Salieron todos esperando a guardias que los guiaran en el camino, pero estaban solos. Enfrentándose al mundo solos, y por un instante es como si hubieran querido regresar a aquel manicomio que aunque prisión había sido seguridad del mundo por mucho tiempo, ahora ya no. Se mantenían juntos, no habría nadie que los guiara si se perdían.


La mujer del médico llevó a todo su grupo con ella a la mañana siguiente: La mujer de las gafas, aquel viejo que alguna vez les prestó la radio para saber lo que pasaba en las calles y les contó lo que había visto antes del infortunio, el médico, el primer ciego y su esposa, el niño estrábico que fue al consultorio del médico alguna vez. Fue ella quién los guió por el verdadero manicomio, las calles. La razón por la que no había guardias, todos estaban ciegos. Y si es que de algo le sirvió ver en el manicomio, ahora en este manicomio de mayor tamaño le serviría de un poco más, ventaja. Fue a dejar a su grupo con instrucciones claras de no moverse a una tienda en la esquina de la calle, las casas ya no eran de nadie, hubo quienes se quedaron ciegos en la calle y no podrían ya regresar, el techo era para todos, ricos o pobres, y el frío también.

Al regresar con un poco de comida que había encontrado en el sótano de un supermercado que estaba completamente vacío, la mujer del médico los guió a la casa de la chica de las gafas.  La vida no hay que verla para vivirla, prueba de esto fue el niño estrábico que disfrutó más que nunca su nuevo par de zapatos que pasaron a recoger a una tienda abandonada antes de llegar a la casa de la chica. En el primer piso estaba una vieja, la dueña al parecer de todos los apartamentos. Primero fue muy grosera, pero que fácil es juzgar si no hemos vivido lo que ella ha vivido, está sola. Le dio las llaves a la chica de las gafas oscuras sin pedir nada a cambio, la comida de su casa ya se la había comido, peor al ver que tenían comida, fue más fácil el custodiar por la supervivencia que el atenerse a los valores y les pidió algo a cambio del favor.

Pasaron la mujer y su esposo frente a la iglesia un día, todos los santos y las pinturas tenían los ojos vendados en blanco, las pinturas con un pincelazo. Como si el párroco al ver lo que pasaba, no hubiera querido que los santos vieran el salvajismo y el comportamiento del ser humano de vuelta a sus orígenes, a lo más bajo. Donde la moral no existía por el simple hecho de que no había ojos que juzgaran.

Fueron todos, después de visitar la casa del primer ciego y la de la chica, a casa del médico. Tuvieron buenos días, días como los vive la gente que ve. Con agua potable y comida que habían podido tomar del supermercado, conviviendo y dándose tiempo de conocerse. Y fue ahí, en casa del médico, donde todos recuperaron la vista. La mujer del médico volteó al cielo, vio todo blanco, bajo la mirada, seguía viendo.

Luchar es una forma de ceguera

Luchar es de alguna forma hacer un lado todas las demás posibles soluciones diplomáticas y engancharnos en la idea de que sólo existe una solución permanente, la cual es: desaparecer al enemigo. Es ceguera porque es aislamiento de  alguna otra forma de deliberar y por lo tanto, la desaparición o imposibilidad de ver más allá de lo que cavilas; imposibilidad de pensar.

Me parece curioso que en el libro sólo mueren las personas que lucharon de verdad por un lugar mejor y las personas que se aferraron a hacer de éste lugar lo que a ellos les convenía. Por ejemplo: El ladrón, al querer aprovecharse a toda costa de la mujer de las gafas oscuras; los policías y el taxista, al querer tomar la comida antes de tiempo fueron disparados; el dependiente de farmacia y el “compañero sexual” de la mujer de gafas oscuras, al pelear por la comida que les pertenecía y atreverse a ir al frente, fueron las dos víctimas de los balazos tirados al aire, la mujer de los insomnios, que se atrevió a quemar la sala de los maleantes y se quemó ella sola también; y como olvidarlos, a los maleantes que quisieron hacer del manicomio una oligarquía.

Me gustaría agregar dos frases de Saramago que comparto: “Sólo merecen morir los que vivos, están muertos por dentro”; además, “En la muerte, la ceguera es igual para todos.”

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