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martes, 14 de febrero de 2012

La caída de los Gigantes.

“La caída de los Gigantes”
Ken Follet vuelve a deslumbrar.
Fall of GiantsTodos los aficionados a la historia medieval, estamos profundamente agradecidos con las virtudes literarias de Ken. Particularmente “Los pilares de la tierra” me parece una obra elaborada magistralmente, la cual muestra con maestría dos mundos: el mundo de la alta nobleza y sus luchas maquiavélicas por el poder, junto con el mundo del pueblo llano que sufre las consecuencias de las disputas dinásticas. En medio de esa lucha, hay personas que hacen hasta lo indecible por lograr la consecución de su proyecto de vida. Cito de manera obvia al albañil que tiene como sueño construir una catedral. De tan interesante narrativa ya hubo quienes consideraron dicho argumento digno de ser enviado a la pantalla grande. Recordemos que Ridley Scott tuvo a bien realizar una adaptación de la primera novela que colocó a Follet en el candelero. La miniserie de Scott resulta, con tales precedentes, muy disfrutable. Nunca como el libro, pero disfrutable.
En esta ocasión, el autor anglosajón retrocede en el tiempo, pero no tanto. Le ha robado tanta visibilidad la Segunda Guerra Mundial a la Primera, que a muchos de escasa cultura les parece que el primer conflicto global fue apenas un calentamiento para la masacre espantosa que constituyó la Segunda Guerra Mundial. Claro, personajes como Hitler, Stalin, Mussolini, Roosevelt y Churchill venden más que…..¿quiénes? ¿Cómo se llamaba el archiduque? ¿Quiénes fueron los protagonistas del conflicto previo?
Ken Follet viene a hacerle justicia a la Primera Guerra Mundial, colocándola en el candelero y dimensionando el trauma que significo para buena parte del mundo. Resulta curioso que, al momento que hacer estas líneas, otra novela es hecha imagen para mostrar otra parte de esta guerra que fue objeto de crueles tratos y mortandad espantosa: me refiero a “Caballo de guerra”. Efectivamente, señores. La Primera Guerra Mundial tiene mucha tela de dónde cortar.
Vayamos al tema: el autor nos presenta el devenir de cinco familias, de distintos países, en los años previos y los meses terribles de la Primera Guerra Mundial. Los citaré fuera de párrafo, para facilitar la memorización que nos será muy útil en el desarrollo de esta reseña.
Familia Fitzherbert, de origen Inglés. Nobles y ricos, conservadores. Sus principales personajes son el Conde “Fitz” y su hermana Maud, de ideas más avanzadas. Fitz está casado con una princesa rusa.
Familia Dewar, de origen estadounidense. Gus Dewar es diplomático y asesor de su gobierno.
Famila Von Ulrich, alemanes y austriacos. Walter es prusiano, y se enamorará de la hermana del inglés Fitz. Menudo lío. Robert es primo de Walter, y cumple un papel secundario en la historia.
Familia Peshkov, rusos de nacimiento. Grigory y Lev son hermanos. Curiosamente, al final de esta guerra serán de ideologías completamente opuestas.
Familia Williams, de origen Galés. David Williams es sindicalista y jefe de familia. Su hijo Billy será minero y soldado británico. Su hermana Ethel tendrá un affaire con el Conde Fitz y terminará como activista, feminista y laborista al terminar esta conflagración mundial.
¿Cómo se relacionan todas estas familias, de lugares tan distintos y distantes? En eso consiste la maestría de Ken Follet.  Es un experto en entrelazar historias, de manera natural y con lógica argumentativa, incluso histórica. Las familias inglesas, estadounidenses y alemanas se relacionarán por medio de la diplomacia y las funciones militares, una vez iniciada la guerra. Las familias galesa y rusa, desde su condición de proletarios, con algunos escarceos desafortunados en su relación con la nobleza nativa de su país.
En todos los casos, sorprende la manera como el autor describe las infrahumanas condiciones en que laboraban los mineros galeses y los obreros metalúrgicos rusos. Cruel y abrumadora es su narración sobre las injusticias de las que son víctimas los rusos a cuentas del zar. Y tremendamente interesante la manera como los diplomáticos ingleses y alemanes especulan sobre la guerra que viene. Una guerra que fue consecuencia más de las alianzas previas entre los países participantes.
En lo personal, no me queda duda que Ken Follet es un excelente narrador de historias. No es un autor para débiles lectores. Sus libros podrán parecer ladrillos, pero encienden la imaginación y emocionan al lector. Te quedas atrapado con la trama y descubres, no sin un dejo de emoción permanente, como las piezas del rompecabezas encajan de manera lógica en esta construcción de relaciones entre diplomáticos, princesas, obreros, feministas y comunistas.
La historia, obviamente, ya la conocemos. Sabemos las consecuencias del desarrollo de esta guerra mundial, y la semilla de violencia que quedó implantada en los tratados de Versalles. Curiosamente, el presidente Wilson promovió un reparto territorial y político que evitara, en lo futuro, conflictos de escala mundial. Sus buenas intenciones se convirtieron en un caldo de cultivo que, veinte años después, desataría la más vergonzante de las guerras en la historia de la humanidad.
El libro de Ken Follet es un canto a la libertad, a la dignidad humana, a la igualdad del género humano. Los países hierven en todos sus estratos con las ideologías en boga, y el comunismo surge en Rusia como amenaza o como esperanza, dependiendo del punto de vista. Su novela también es una constatación del sufrimiento humano ante un conflicto bélico. Ricos y pobres, aristócratas y plebeyos, todos sufren cuando los acontecimientos militares se desencadenan y nos envuelven a todos con sus terribles consecuencias. Familia que no sufre la pérdida de uno o más seres queridos, se divide. No les voy a contar los avatares de cada una de las cinco familias. Realmente, vale la pena que lean el libro.
P.D. El archiduque austriaco se llamaba Francisco José, y su hijo asesinado Francisco Fernando. Que no se diga que no sabía.

martes, 10 de enero de 2012

EL PAIS DE UNO. Una buena oportunidad para romper con las lagunas mentales de la sociedad mexicana.



Una premisa debatida de manera constante por todos los historiadores, tanto profesionales como aficionados, es sobre si los mexicanos somos de memoria corta. La línea del tiempo bosquejada por nuestro devenir como país pareciera corroborar esta teoría: nos gobiernan quienes nos hundieron, aún cuando recordemos, de manera sarcástica o minimizada, sus hechos crueles. Allí están las once presidencias de Santa Anna. Allí tenemos a la cabeza de Hidalgo, pasando de la jaula oprobiosa al monumento nacional. Encontramos las seis reelecciones de Porfirio Díaz, el monumento al Centenario la Estela de luz (algunos le llaman “estafa de luz”) del  Bicentenario. Y tantos políticos que siguen en boga, a pesar de sus incineraciones temporales. Políticos que sobreviven al Salinismo, al Zedillismo, al Foxismo (si es que lo hubo) y al Calderonismo.
Al momento de elaborar este comentario, me encuentro en una situación asaz extraña. Termino de leer un libro que me provocó mucho placer su lectura, al mismo tiempo que innumerables complicaciones mentales. ¿Quién dijo que Denise Dresser era fácil de leer?
La autora escribe con una lógica irrenunciable; apabullante, diría yo. Con la meticulosidad de un francés y con la contundencia expresiva de un latino. Numerosa en figuras escritas, acumula comparaciones, epítetos, paradojas, juegos de palabras  y listados argumentativos. Al mismo tiempo de cansa y te invita a seguir leyendo. Difícilmente puedes negarle la razón, so pena de intentar desmentir aquello que con inmediato gesto signaste en aprobación tras la lectura previa.
Trataré de abordar el contenido del libro, con las precauciones del caso: demasiado analítico para poder sintetizarlo, e imposible de analizar sin prolongarse demasiado. Lo más importante es, querido lector, que este comentario no pretende reseñarte el libro, sino invitarte a leerlo. Vaya pues mi interpretación personal del mismo.
En un año electoral “El país de uno” es una especie de manifiesto sobre la transformación y evolución del pensamiento político y social de la autora. Todo lo que piensa, opina y apoya, con referencias históricas y alusiones culturales. Resulta extremadamente enriquecedor, por el simple hecho de que quienes tengamos un rango de edad menor a 50 años y mayor a 18, nos encontraremos con una especia de caña de pescar, mentalmente hablando. Denise nos ayudará a recuperar de nuestro pasado obnubilado aquello que nos escandalizó en el pasado político nacional.
Pero no solamente se trata de un revisionismo reciente. Se trata de encontrar argumentos para decir, en este año, por quién debo votar, POR QUIÉN NO DEBO VOTAR, y por qué tenemos que romper con esa especie de fatalismo cultural, terriblemente enraizado en al ser del mexicano. Si tenemos un buen gobernante, ¡bendito sea Dios! Si tenemos un mal gobernante….a todo se adapta uno.
La motivación principal del libro, intuyo, consiste en desperezar nuestro ser, en  “indignarnos” con el pasado y el presente de nuestra patria, en ser acuciosos y críticos respecto de quienes rigen los destinos de este país, e incluso a no dejarnos. Debemos arrebatarles el país que por historia, derecho y sacrificio, nos pertenece a nosotros. No a ellos. Los políticos tienen secuestrado al país, y no se vale que nosotros seamos simples mirones que a fuerza de su propia pasividad, se convierten en espejos, cómplices de la acción maligna que ocurre y ha ocurrido. No nos está permitido el pecado de omisión.
Con el párrafo anterior, considero la primera parte del libro. Después, la autora nos lleva por todo un recorrido social, político y hasta filosófico, del pasado, presente y futuro de los mexicanos. No pretende ser exhaustivo: ella lo es, y basta con ella. Reseñaré brevemente las siguientes partes, sin siquiera tocar los argumentos, puesto que es el corazón de su libro.
¿Cómo hemos sido? La reflexión de Denise nos conduce a un nuevo carácter del mexicano, sin pretender emular a Octavio Paz: Somnolientos, idiotizados por el petróleo, con educación exigua, conformistas, discriminadores corruptos y amigos de palancas y privilegios para unos cuantos. Suena rudo, pero es cierto y fácilmente comprobable. El libro nos dice por qué.
Luego, nos ofrece una perspectiva de lo que ha ocurrido con el país los últimos 20 años: del Salinismo al Foxismo. Con su juicio particular, desnuda de nuevo los grandes atracos que políticos con vida y memoria vigente han hecho al país. Las particularidades de la dictablanda priista, la lucha salinista contra la nomenklatura y las oportunidades perdidas de Fox.
No menos importantes se constituyen las reflexiones sobre las trabas (en peligro de convertirse en taras) que impiden el florecimiento actual de nuestro país. Los monopolios y los oligopolios, el poder fáctico de unos cuantos, los medios de comunicación y los cárteles de la droga.
La reflexión final, deben de interpretarla por ustedes mismos. Creo que es un libro oportuno, que no oportunista, pues en este año de elecciones se requieren ciudadanos que efectivamente vistan de overol y estén decididos a participar de manera activa en el buen funcionamiento del país. Ahora, más que nunca, acudir simplemente a votar, no sólo es insuficiente: es la perpetuación de una democracia disfuncional. Debemos de entender la democracia como la participación de todos en el funcionamiento del país, no en la simple elección por las masas anónimas de un personajazo que ordeñará la vaca el siguiente sexenio.

lunes, 2 de enero de 2012

La llamada de la selva.



¡Feliz año nuevo! Que uno de nuestros propósitos sea el leer más, y acrecentar nuestra cultura literaria y general.
Iniciamos este año con un comentario sobre una novela que muchos catalogan para adolescentes. Creo que deberíamos de ampliar este espectro, y sugerir la lectura para un público más amplio. Ahora que en enero tienen muchos días extra para "leer", hay una lectura que bien pueden finiquitarla el mismo día y agarrar vuelo para lecturas más prolongadas.

"La llamada de la selva" o "La llamada de la naturaleza" es una novela corta del vitalista Jack London. Es la época de la revolución industrial en pleno, de la supremacía occidental, de las exploraciones por terrenos exóticos y legendarios....incluso de la lucha por llegar hasta los últimos confines de la tierra. Estados Unidos está en plena expansión territorial, y es tiempo de aprovechar lo ganado. En ese contexto se nos presenta una novela que bien pudo considerarse algo tierna en su momento. Como están las percepciones en este momento, y con la piel delgadita de muchas personas, a ciertos partidarios de PETA o de la burbuja de cristal para proteger a los niños y a los animales, esta novela les causaría un infarto. Permítanme explicarles las razones.

Buck es un perro burgués, que vive cómodamente en la gran Quinta de un rico californiano. El típico perro que juega con los nietos, que come sibaritamente, que se sienta al lado del viejo amable frente a la chimenea. Pero su vida cambiará radicalmente cuando el ayudante del jardinero (de origen latino, para completar el prejuicio) lo roba y lo vende para pagar unas deudas de juego.

En este momento la vida de este perro, mezcla de San Bernardo y Pastor Alemán, da un giro de 180 grados. Se convertirá en un perro de tiro, destinado a las grandes exploraciones del norte de Canadá y de Alaska a finales del siglo XIX. Se acabó la vida de reposo y relajación, ahora surge la lucha por la vida y el aprendizaje bajo el látigo y el garrote. Poco a poco, en este ambiente hostil y de sobrevivencia, surge el instinto animal de este fabuloso perro y siente la llamada de su ser animal. Sus instintos lobunos surgirán a medida que sortea diferentes aventuras y calamidades.

El perro Buck tendrá que luchar por la supremacía dentro de la jauría. Aprenderá a dormir en la nieve, a controlar un trineo de tiro, a evitar el castigo de los humanos, y a decir que no, cuando de le pide realizar algo que si intinto le indica es conducente a la muerte.

Un punto a favor del autor, es el hecho de que no pone a hablar a los animales entre sí. El relato es simple, la línea narrativa siempre es desde la perspectiva del personaje principal; en este caso el fantástico Buck. Se habla desde el pensamiento del perro, pero nunca pone en el hocico de los perros animales, simplemente relata como si pensaran y actuaran en consecuencia. Sería ridículo y algo Disney poner a hablar a los perros.

No quiero contar el final de esta novela. Simplemente quiero dejar en claro que el escritor parece querer demostrar su tesis de que no hay actos buenos o malos en los animales (¿o en los humanos?). Irremediablemente tendremos que hacer caso a nuestros instintos, haciendo homenaje al deseo de supervivencia de nuestros antepasados.

El lenguaje de la lectura es bastante entendible, pero considero que también ayuda a incrementar el acerbo verbal de un mexicano promedio. Es una novela que te puede gustar o no, pero terminarás por leerla. A quienes son animafílicos, les gustará la tesis inicial, aunque les desagradará lo gráfico (aunque escueto) de algunas narraciones que denotan violencia física o verbal. ¿Alguien esparaba que un perro no se peleara a muerte?

En fin, creo que es un buena propuesta de inicio de año. Prometo no dejar que pase el mes sin realizar el comentario de un gran libro de Ken Follet. Estén pendientes.
 

martes, 6 de diciembre de 2011

Tirano: Los hay más en la actualidad....



La simple expresión suena como a sarna en la piel de los valores humanos modernos. Al pensar en un tirano, pensamos en un personaje por completo autoritario, deleznable, ambiicioso y egoísta a más no poder. Mejor sumerjámonos un poco en las aguas de la historia para atemperar estos prejuicios.

El "tirano" favorito de la Historia de México es, sin lugar a dudas, Porfirio Díaz. Pero incluso sus detractores reconocen que sin su mano dura, sin sus habilidades políticas y sisn su capacidad de extender el poder sobre las instituciones y los sátrapas regionales imperantes en nuestro famoso y decadente siglo XIX, México probablemente hubiera pasado a la historia...literalmente hablando.

En épocas de la Grecia Clásica, donde la democracia hacía sus pininos en las inmediaciones de Atenas, el concepto de Tirano era un tando distinto; cuando menos, más amplio. Ciertamente se le denominaba tirano a aquella persona que de manera autócrata atraía hacia sí todas las facultades del gobierno y de la cosa pública. Pero también eran tiranos aquellos que, por causas de extrema necesidad o fuerza mayor (inminente pelígro, diríamos en la actualidad) asumen de manera temporal una centralización en la toma de decisiones. De hecho, había tiranos que con la venía de sus respectivas asambleas o senados acaparaban el poder y "sacaban al buey de la barranca". Julio César es el más famoso de todos, aunque haya trascendido los libros con el adjetivo de "dictatore", que a algunos les sonará análogo al término que nos referimos.

¿De qué viene todo este comentario previo? No se entiende la historia de un mercenario griego, protagonista principal de la novela de Cristian Cameron, si no entendemos el desarrollo del término. El protagonista principal no es el tirano, sino un mercenario contratado exprofeso para contribuir a la resolución de los problemas de la ciudad, cuyo jefé máximo es el titular de la Novela. Bonito juego de palabras: un mercenario colabora en al éxito de los planes de un tirano.

Kineas es un veterano de la guerra de Macedonia contra el Imperio Persa. Perteneciente al cuerpo de caballería de las huestes de Alejandro Magno, le corresponde participar en las batallas decisivas de la guerra. Tiene la fortuna de encabezar las cargas de caballería en las batallas de Issos y Gaugamela. Dado que es un mercenario y no un macedonio, es despedido a las primeras de la victoria, dejándole un amargo sabor de boca. Quería continuar con sus aventuras.

Con la fama que le precede, dado que es un veterano triunfador en oriente medio, Kineas es contratado (como mercenario de nuevo) para adiestrar a las milicias de caballería de una colonia griega en el extremo norte del Mar Negro.

La primera mitad del libro resulta entretenida al exhibir el devenir de nuestro estimado Kineas, por mar y por tierra, hacia la ciudad de Olbia. En el camino se vuelva amigo de un espartano, reúne a sus compañeros de guerra y enfrenta las hostilidades de los pueblos salvajes de la estepa asiática. Por azares del destino, conoce a una lideresa de uno de tantos clanes, de la cual, con el tiempo terminará por enamorarse.

Ya llegados a la ciudad de Olbia, los retos son innumerables: entrenar a los hijos de los nobles en la disciplina militar y los valores de la caballería. Efectuar misiones diplomáticas de importancia clave para la colonia griega, aguantar las veleidades y el mal genio del TIRANO, que fue quien lo ha contratado....pero sobre todo, enfrentar un peligro creciente de parte de Macedonia. Mientras Alejandro Magno permanece en asia menor, conquistando Bactria y el Indo, su cacique regional Zoprionte ha decidido conquistar la parte norte del mar muerto y sus magníficas estepas, prolíficas en la producción de trigo. Claro, todo en detrimento de Olbia, Pantepecum y las tribus escitas que cabalgan libremente por esos territorios. ¿Será capas Kineas de superar todos los retos, y lograr vencer en la batalla final? ¿El amor de una bárbara es el camino deseado para un Ateniense de cepa, filósofo y guerrero?

El libro es una buen tratado de estrategia militar, y aprenderán mucho de las formaciones clásicas de guerra de tiempos antiguos. A quienes nos gusta la novela histórica, este es el libro ideal para unas tardes amenas de lectura. Si por el contrario, eres de gustos que no abarcan la historia o la novela  militar, puede resultarte un tanto cansado por el cúmulo de referencias en griego y en otros idiomas antiguos. Puedes confundirte con la terminología.

No es una novela muy elaborada en su trama. De hecho, no se entrelazan historias. Simplemente seguimos la línea cronológica de Kineas y sus breves devaneos mentales, producto de sueños y visiones místicos y premonitorios. Cual pitonisa antigua, el rey de los escitas tiene un chamán que considera a Kineas la clave para que la alianza entre los pueblos de las estepas y los colonos griegos triunfe por encima de las falanges macedonias.

Christian Cameron no es un novelista, es un historiador. Y con este ejemplar nos demuestra que puede desenvolverse con solvencia en tales géneros literaros. Repito: con solvencia, no con maestría. De hecho, ya estarán a la venta los otros dos escritos con los que pretende completar una trilogía, aparte de TIRANO: TORMENTA DE FLECHAS y JUEGOS DE FUNERALES. Desde mi particular punto de vista, este libro es recomendable, con las precauciones del caso.

jueves, 17 de noviembre de 2011

“Por eso estamos como estamos”

¿Merecemos los problemas que estamos viviendo?imagen 2
Debo de advertir que la anterior exclamación debería de ir “entre comillas” en vez de ir con los evidentes signos de interrogación. Es muy dado en el lenguaje coloquial del mexicano atribuir a agentes externos a nuestro propio ser todas las desgracias y los sinsabores que atajan nuestra vida nacional, ni importar si hablamos del presente, del pasado…incluso del mañana.
Considero que el libro de Carlos Elizondo (titulado de la misma manera que este artículo) pretende romper con este primer prejuicio que subyace en el colectivo inconsciente del mexicano. Tenemos la situación que nos merecemos, porque simplemente tenemos el gobierno que queremos. Ahora sí. Nuestra participación ciudadana, nuestro espíritu crítico, nuestra participación – o no participación- en las elecciones y los procesos cívicos de importancia en la vida del país ha provocado, o simplemente ha permitido, que los políticos y los gobernantes actuales hayan tomado las medidas que en la actualidad nos perjudican o simplemente benefician de manera pírrica.
Generalmente, en los primeros semestres de una carrera universitaria, hay materias de tronco común, entre las cuales siempre existirán un par o más que llevan al análisis político y social de nuestra contemporaneidad nacional. Pues bien, creo que este libro cubriría con creces dicho espacio, superando el lenguaje coloquial de “echarle la culpa al gobierno” de manera fácil y poco argumentada.
¿Por qué tiene la culpa el gobierno?  ¿Por qué tienen la culpa los políticos? Este libro nos presenta el análisis y las conclusiones de Carlos Elizondo, con un lenguaje lo suficientemente culto para ser descriptivo y presentarnos “los pelos de la burra en la mano”, sin por ello caer en el academicismo de quien se dedica a la investigación, convirtiendo su diálogo en una glosa literaria de altura. Ni es un lenguaje vulgar (entíendase popular) ni tampoco cae en el academicismo petulante.
Para empezar, el análisis del libro describe la situación actual: somos un país con un crecimiento mediocre, con legislaciones atávicas que en buena parte impiden el desarrollo económico y social que necesita el país, un corporativismo político que se ha preocupado más por adquirir o recuperar el poder que en ejercerlo de manera responsable y productiva. Muchas de las instituciones que existen en nuestro México actual sencillamente no responden a las necesidades del México actual, porque fueron hechas para el México de otras épocas. Las políticas públicas de nuestros gobernantes pocas veces responden al deseo de poner al país un escalón arriba de lo que ahora está. Pareciera que la historia de México ha enseñado a los mexicanos que lo importante no es progresar, sino sobrevivir.
Hablando de historia, el Doctor Carlos Elizondo realiza una retrospectiva sobre la historia, la economía y la sociedad de México, a partir de la Independencia. Se demuestra cómo la irregularidad institucional, las diferencias ideológicas y la falta de un sentido de nación perjudicaron grandemente la constitución de nuestra nación como una patria en condiciones de poder integrarse de manera efectiva al concierto mundial. Respecto del porfiriato, el autor ataja las causas y los factores que se combinaron en esta etapa de desarrollo económico y desigualdad social, que a la postre acarrearían la simiente de la Revolución Mexicana.
Históricamente hablando, pareciera que nos hemos movido de manera pendular entre dos grandes políticas de organización estatal.  La fragmentación y la centralización. Cada una propició momentos de relativa estabilidad política, pero al mismo tiempo de ineficiencias administrativas que terminaron por auspiciar movimientos sociales que pugnaban por cambios: Los liberales defendían el federalismo, y los conservadores el centralismo. El federalismo propició que muchos estados no apoyaran al Gobierno Federal en la guerra contra Estados Unidos, y esa falta de fondos provocó un gobierno anémico permanentemente. Los gobiernos estatales tenían sus propios impuestos, los cuales se negaban a compartir con la federación. El porfiriato y el mismo gobierno posrevolucionario propiciaron un centralismo en los hechos, con un federalismo simulado. Esto provocó una relativa tranquilidad del país, al tiempo que las diferencias políticas e ideológicas eran castigadas con una mezcla de autoritarismo y represión.
En la actualidad, mientras vivimos en la merecida transición a la democracia, pareciera que regresamos a la otra parte del recorrido pendular. Los gobernadores, en tiempos del PRI, se sentían lacayos que obedecían. Ahora se sienten virreyes que mandan y controlan TODO  durante y después su gobierno.  Casi no cobran impuestos, pero tienden la mano para recibir abundantes participaciones federales. Y digo abundantes porque, como lo demuestra el libro de Carlos Elizondo, ahora los gobiernos gastan como nunca en la historia del país. Y si a esto agregamos que la nueva autonomía federal les ha dado la potestad de recurrir a préstamos mediante permisos autorizados o falsificados (Coahuila de los Moreira….perdón, ¡el verdadero nombre del Estado es Coahuila de Zaragoza!) caemos en la cuenta de que los nuevos “virreyes” tienen dinero como nunca en su vida, el cual no se ha transparentado de manera satisfactoria en cuanto a su uso. Hay demasiadas lagunas en la ley de transparencia que permiten bajo distintos argumentos reservar la información, cuando la política pública adecuada sería permitir que nos enteráramos de cómo se gastó HASTA EL ULTIMO CENTAVO.
En la segunda parte de su libro, el autor realiza un recorrido bastante interesante sobre porqué las reformas que tanto necesita el país no han podido llegar. Tenemos una democracia del siglo XXI con instituciones del siglo pasado. En tiempos del corporativismo unipartidista no se pudo modernizar al país institucionalmente hablando. Ahora que tenemos una democracia débil, con instituciones partidistamente fragmentadas, la rebatinga por el poder ha propiciado la inmovilidad. No tenemos siguiera un proyecto de país….tenemos varios. Muchas personas están de acuerdo en que incluso el país necesita una nueva  constitución, que proponga un nuevo modelo de país. Pero con estos legisladores, provoca pánico el siquiera pensarlo.
En fin, somos un país de monopolios, sean públicos, privados o sociales. Somos un país de desigualdad económica con un grupo de privilegiados una masa creciente de personas a las que cada vez les cuesta más trabajo ascender en la escala de la movilidad social. Somos un país donde se privilegia la “palanca” en vez del mérito. Y hablamos tanto a nivel privado o público. Lo que importa es cómo y con quien te relacionas….poco importan tus capacidades y tus méritos personales.
No todo son malas noticias. En la parte final del libro, al autor nos propone, a manera de síntesis una serie de temas que, debidamente modificados, podrían constituirse en las políticas públicas que propiciaran que nuestro país diera ese salto de calidad que otras naciones acertadamente están proyectando. El Doctor los llama “los temas de la Agenda”. Me permito parafrasearlos para una mejor comprensión:
1.       Regular mejor las actividades que afectan el proceso de toma de decisiones en el Congreso, con reglas claras y efectivas que permitan prevalecer el interés de los votantes por encima de los intereses partidistas o corporativos.
2.       Reformas electorales que permitan premiar a los buenos funcionarios y a los ciudadanos poder participar en la política sin pertenecer a un partido.
3.       Modificar las reglas del juicio de amparo, para evitar los abusos.
4.       Una reforma laboral que actualice y haga competitiva, sin perder el sentido de justicia social a la ciudadanía trabajadora de nuestro país.
5.       Fortalecer los derechos de los consumidores.
6.       Promover las competencias y hacer más eficiente la regulación.
7.       Abrir los mercados que están cerrados por ley.
8.       Modificar el sistema educativo, basándose en el mérito.
9.       Proveer sistemas de saludo genuinamente universales.
10.   Impuestos más generales, con tasas más bajas: reforma fiscal.
Para concluir, debo de aclarar que el libro no es para cualquiera. Es más un libro de lectura y análisis que un libro que alguien puede tomar por curiosidad. Si lo que deseas es una lectura recreativa, no la vas a encontrar en este ejemplar, pues no es su objetivo. Sin embargo, si te interesa separarte de las típicas opiniones de los mexicanos medianamente informados y poder aprender, preocuparte y luchar con ideas y hechos por el cambio del país, este libro es una buena oportunidad para ti. Una sociedad que conoce y argumenta, es difícil de engañar y también difícilmente olvidará los errores de quienes nos gobiernan.
En la tónica de las líneas anteriores, considero que POR ESO ESTAMOS COMO ESTAMOS es una lectura recomendable para instruirnos en serio sobre la situación actual y la situación posible de nuestro país. No he terminado estas líneas cuando me entero de que la querida autora Denisse Dresder acaba de publicar un libro que bien podría ser complementario de éste que estoy reseñando. Se llama EL PAIS DE UNO. Creánme que se me hace tarde para comprarlo y leerlo.
Mcp. Eduardo Campos Hernández.
PARA SABER MÁS:
Elizondo Mayer-Serra, Carlos. POR ESO ESTAMOS COMO ESTAMOS. Editorial Debate. 2011.

jueves, 10 de noviembre de 2011

TOMAS SEGOVIA, testimonio de un destierro prematuro.


Si a alguien se le puede aplica la máxima que hizo famoso el finado Cabral "No soy de aquí, ni soy de alla", es al estimado escritor Tomás Segovia. La vida lo desterró por culpa de las circunstancias a la tierna edad de 13 años, viajando por varios países; terminó afincado en nuestro querido México. Tristemente, también podemos decir que la naturaleza misma de la existencia humana lo ha "desterrado" de nuestra estancia terrenal, no sin antes llevarse un considerable cúmulo de premios y reconocimientos.

El poeta español Tomás Segovia, afincado en México desde 1940, murió en la madrugada del martes a los 84 años de edad. El escritor, que nació en Valencia en 1927, se exilió tras la Guerra Civil en Francia, Marruecos y, finalmente, México, donde estudiaría Filosofía y Letras.

«Yo no pertenezco ni a un país ni a otro, ni a ningún grupo, generación, corriente literaria ni nada parecido. Esto no lo he buscado, simplemente creo que así fue mi destino. Considero que soy un desarraigado. Me desarraigaron, porque yo era un niño. De eso no culpo a nadie», afirmaba. Además de la poesía, Segovia cultivó el teatro, el ensayo, la narrativa y la traducción (Rilke, Bloom, Lacan...), así como el cine y la difusión cultural.

Antes de su incineración, el cuerpo del poeta fue velado por familia, amigos y compañeros de letras como Joaquín Díez-Canedo, director del Fondo de Cultura Económica; Javier Garciadiego, director del Colegio de México, y los escritores Enrique Krauze, Ana Clavel, José María Espinasa, Eduardo Vázquez Martín, Fabio Morábito o José de la Colina. Krauze reconocía que «no creo que haya existido, y esto era opinión de Octavio Paz, un prosista y, aún mejor, un poeta de la talla de Segovia».

A lo largo de su carrera, Tomás Segovia recibió importantes galardones:

Premio Xavier Villaurrutia en 1972,
premio Alfonso X de Traducción en 1982, 1983 y 1984,
premio Octavio Paz en 2000,
premio Juan Rulfo en 2005 y
el premio Federico García Lorca en 2008.

Entre sus obras destacan:
 «La luz provisional» (1950),
«El sol y su eco» (1960),
«Figura y secuencias» (1979),
 «Cantata a solas» (1985),
 «Otro invierno» (2001) 
 novela «Cartas de un jubilado» (2010).

Afortunadamente, nos deja un poemario inédito, titulado «Rastreos», que, en palabras de su viuda, María Luisa Capella, está «completamente terminado y listo para publicarse».

martes, 18 de octubre de 2011

Ensayo sobre ls Ceguera. Libro magistral sobre el comportamiento humano.



Pocos son los libros que nos atreveríamos a leer más de un par de veces. Armando Fuentes Aguirre, alias "Catón", siempre dice que un libro que no merece una segunda lectura, simplemente no merece estar en tu biblioteca.

"Ensayo sobre la ceguera" es un libro que he leído 6 veces. Y siempre me deja lecciones (cuando no me deja atónito) sobre la vida y el devenir de la especie humana. Y me da mucho gusto que también haya sido un libro del agrado del alumno y compañero DIEGO RAMÍREZ, que incluso tuvo la iniciativa de elaborar una reseña y reflexión sobre el citado libro.

Sin más preámbulos, transcribo las líneas que Diego redactó producto de su experiencia con el libro. Epero las disfruten.

Introducción general a la obra

Después de leer éste libro me quedan infinitas dudas sobre el comportamiento humano, yo creo que siempre será impredecible.

Es sorprendente como José Saramago logra una identificación tan completa del lector con todos los personajes sin siquiera mencionar el nombre de ninguno de ellos, yo sostengo que ahí está la maestría de éste libro y la razón que tiene al decir que no somos nada más que nuestros actos, y así podemos llegar a conocernos mejor que de cualquier otra forma.

El enigma de este libro es la causa de la ceguera; muchos lectores la pueden llamar fortuita, y otros tal vez le den mayor importancia a lo que causa la ceguera que a la causa de ésta. Después de haberlo reflexionado mucho tiempo, estoy convencido que la causa de la ceguera es nuestro propio aferramiento a lo que nosotros creemos y pensamos, sin atrevernos a ver la realidad del mundo, todo lo que nos rodea. Es por eso que la mujer del médico sufre más que todos los demás, porque ella sí tiene ojos y sensibilidad para ver lo que pasa; mientras que los demás son indiferentes hacia su alrededor y su primordial interés es su bienestar. Es mucho más difícil abrir los ojos hacia un problema, verlo y entenderlo realmente, que hacerlo a un lado como si no tuviera nada que ver con nuestra vida. La ignorancia, la necedad, la indiferencia, el egoísmo, la soberbia, el orgullo, la insolencia, la pereza: eso es la ceguera.

En este libro hay tantos mensajes, maneras de ver la vida, enseñanzas, que vienen implícitas en la situación de los personajes, es decir, que no necesitamos hacer una pausa para explicarlo, es suficiente el mencionarlo, que no creo que pudiera resumirlo todo en este ensayo. Un libro lleno de retórica y metáforas.


Análisis de la Novela

El libro habla sobre como todo un país se va quedando ciego sin explicación alguna, la ceguera comienza con un conductor que no puede ya manejar porque de pronto se quedó ciego en su coche. Todas las personas que tienen contacto directo con él o con alguien que lo haya tenido, se van quedando ciegos. Esta ceguera no es común y corriente, no es por ausencia de color por lo que el ojo no manda señales al cerebro, sino por la excesiva iluminación en sus ojos, la cual los cega.

La mujer del oftalmólogo quien atiende al primer ciego, y a algunos otros pacientes que padecen esta ceguera, después de haber tenido ya problemas con los ojos, es la única persona que no se queda ciega en esta tragedia.  Lo encuentro un tanto curioso pues es la única persona que finge estar ciega y que lo grita sin estarlo, por lo que a mi me parece mas bien una ceguera psicológica más que una fisiológica.

En la trama del libro van muriendo por diferentes razones algunos de los personajes secundarios, pero los principales siempre se mantienen con vida, como si el autor quisiera que nos identificáramos a lo largo de la historia con ellos. El único que muere es el ladrón que le robó el coche al primer ciego, y muere por haberse intentado aprovechar de una de las ciegas, una mujer que fue a ver al médico por tener cataratas antes de quedarse ciega.

Todos estos personajes se reúnen y se conocen en una cuarentena que organiza el gobierno para aislar a los primeros ciegos y a los posibles contagiados. Esta autoridad pide a los afectados que guarden la calma y se solidaricen con el país, por supuesto, sin que el gobierno realmente se solidarice con ellos, ya que su trato hacia los invidentes fue peyorativo.  

Al cabo de unas semanas los ciegos en cuarentena ya eran demasiados para el cupo que tenía el manicomio donde se encontraban. Manicomio, en primera porque ésa era la función original de las instalaciones, y en segunda porque las personas que ahora se encontraban dentro de ellas ya actuaban como locos. Incapaces de ver, por lo tanto, incapaces de actuar y de comportarse. Pareciera que la moral sólo existiera gracias a una sociedad que castiga al que se comporta de manera diferente y no por convicción propia; ya que la mayoría de los ciegos, hasta los que se hacían llamar “decentes” y  “educados” tenían ya peores modales que aquellos a quienes criticaban.

Cabe mencionar que al entrar la segunda oleada de nuevos ciegos, se embotellaron en las puertas del manicomio como pudieron, para poderse hacer de una de las pocas camas que quedaban. Muchos terminaron muertos y otros gravemente heridos, además otros niños, mujeres y viejos, que por su edad o condición debiesen tener un mejor trato según las reglas que nos pone la vida, se encontraron durmiendo en la cochinada y en los deshechos de aquellos que no habían podido llegar al baño, en los pasillos. Por si fuera poco, además de la inmundicia que dejaba todo esto, los ciegos eran incapaces de bañarse, no creo que haya sido por tiempo, pues pasaban la mayor parte del día (o la noche, pues ni ellos sabían que hora era) esperando su siguiente comida.


El autor hace énfasis sobre las condiciones deplorables en las que se encontraban los ciegos y como la costumbre va más allá de la comodidad. Los ciegos viven en lo más bajo y lo mas salvaje en lo que el ser humano alguna vez, hasta en sus tiempos más remotos, se ha encontrado. Parece que un sólo sentido perdido, se lleva consigo e incapacita a todos los demás.

En un desastre y desorden total, ya nada le pertenecía a nadie y todo les pertenecía a todos, lo material dejó de ser importante; pues ningún buen uso le podían dar adentro de esas paredes; el dinero, el status social, la religión, todo ya pasaba a ser irrelevante, eras lo que hacías, lo único que tenía alguna importancia todavía y siempre la tendrá, era la inteligencia, la sabiduría y la capacidad de razonar; lo superficial dejó de representar algo fundamental como en el mundo que conocemos ahora. Tal vez una pequeña y clara lección a los utilitaristas y materialistas.

“Cuando el cuerpo se encuentre liberado de servidumbres brutales y egoístas, que resultan de la simple, pero imperiosa necesidad de mantenerse” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera p.89) Esta frase está totalmente sacada de contexto, pero yo creo que así es como más nos sirve. El cuerpo y la mente funcionan mejor cuando no existe una necesidad de complacer o hasta evitar tentaciones de la vida, que parece que la optimizan cuando en realidad la deterioran. Cuando no hay espacio para siquiera pensar que no deberíamos preocuparnos o tener miedo, en ese momento, es cuando somos libres de pensamiento. Cuando no estamos segados en la fuerza de la vida, esperando a que nos den destino. Sabiendo que “algunas palabras dichas a tiempo valen más que un discurso” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera p.96); cuando razonamos, es cuando no estamos ciegos.

Pero esto para el autor es difícil, una vez que nos estamos dando cuenta que vemos, para lo único que nos sirve, es para desear que no podamos advertir esa realidad frente a nosotros; ejemplares los que ven y siguen queriendo conocer y darse cuenta, pero no sólo eso, sino participar.

Al cabo de unos días, se formó en la tercera sala del lado izquierdo, como es común en este mundo, un grupo de personas que se apoderaron de toda la comida que llegaba al zaguán cada día. Usando algunas partes de los fierros de las camas y de lo que les permitía la ceguera agarrar, para hacerse unas cuantas armas para defenderse. Es claro que hasta el ser humano más inepto, puede buscar la forma de controlar a los que parecen más capaces.

“De ahora en adelante si queréis comer, tendréis que pagar por ello” dijo el líder de los vándalos, que había conseguido meter una pistola a las instalaciones. Es difícil temerle a algo que no puedes ver ni escuchar, pero al sonido del primer disparo a nadie le quedó una duda de que iba en serio. El costo era mayor para el que tenía más lujos (que ahora no eran más que chatarra) y mucho menor para el que no había llevado nada de valor a la cuarentena, pero el pago se hacía por sala y pagaban todos por el bien de todos, nunca sabían cuanto podía ser muy poco para los maleantes. Mucho o poco dinero, todos comían las mismas miserias.

A la mujer del médico por una razón que no conozco todavía, se le ocurrió, como siempre, ser la protagonista en las preguntas que solo irritan a alguien que quiere mantener el orden. Preguntando como iban a pagar, como sabrían donde recoger las cosas y cuántas personas; como si importara, si no pueden ver solo es importante lo que puedan tocar, los objetos de valor; además, cuando el hombre ya está enojado y quiere que se vayan con un trato relativamente amable, lo peor es hacer ese tipo de preguntas que se resuelven solas. Cuando el ciego pidió a todos irse a sus salas, el maleante le dijo a la mujer del médico que no olvidaría su voz, y ella, no se si inteligentemente o muy estúpidamente se le ocurrió decirle que no olvidaría ella su cara; a lo que él quedó sorprendido.

Vaya acto de la mujer del médico, lo único que consiguió era que le dieran menos cajas a su sala. Ya decía Moliere, “Lo más difícil de enfrentar es el espejo de nuestros propios defectos”. Todos empezaron a juntar sus pertenencias para entregarlas. Collares, anillos, aretes, relojes; todo para pagar lo que ahora y siempre ha sido más valioso, la comida. Además de que eso ahora ya tenía menor uso y valor que unos calcetines, ya que el valor de un objeto se lo da cada persona y a los ciegos le servían más un par de zapatos.

Pero la situación no era del todo mala, ahora tan siquiera ya se administraría mejor la comida y no habría salas que se llevaran muchas cajas para ellos solos, dejando a los demás con la boca vacía.

Por otra parte, se sabe que cuando la gente tiene poder sobre un grupo, legítimo o ilegítimo, no pueden comportarse a la altura de las situaciones. Sin pretender generalizar, ya que conocemos los cambios en sociedad, pero si hablando de una mayoría. Al procurar mantener ésta jerarquía, toman siempre lo mejor y prefieren tener una mejor imagen que los demás, darse lujos innecesarios; no con el afán de hacerlos menos, pero si de hacerse ellos más. Yo creo que esto podría explicar el comportamiento de algunos gobiernos e inclusive de la iglesia.

Los maleantes preferían dejar la comida a pudrirse que dársela a quienes realmente la necesitaban, únicamente para sentir que seguían teniendo el control; ya que no había razón para un castigo y sus barrigas ya estaban demasiado satisfechas. Cuando se empuja al límite una circunstancia y no hay una reacción de los subordinados, da pie a que se sigan haciendo peores cosas, como las que estaban a punto de realizar.

Se acercaron a cada una de las salas dando el nuevo aviso, ya que se habían aprovechado de los bienes de los demás, decidieron ahora tener a las mujeres en cambio de comida. Es una verdad absoluta, como se escuchó en una de las salas, que la dignidad no tiene precio; pero por otra parte, no es digno tampoco comer a costa de los esfuerzos y trabajos de los demás. Finalmente, todas las mujeres después de una larga discusión decidieron que irían, conociendo las consecuencias, si eso les traería comida. Acordémonos que no había autoridad ahí dentro que velara por los derechos de nadie, la ceguera no juzga por oficios, es igual para todos.

Ahora resulta, que la que en su vida pasada (si así lo podemos llamar ya que ésta es otra completamente diferente) era una prostituta, o mujer de moral distraída, es la que ahora se da más a respetar. Pero como dije es otra vida, y no se puede calificar a todas las personas con el mismo adjetivo. Ya que esta mujer de las gafas oscuras solamente cobraba renta de su cuerpo a quien quería.

Volviendo al tema, estoy seguro que los maleante no eran del todo unos depravados, si no que simplemente les gustaba aprovecharse de la situación en la que se encontraban, más que querer hacer lo que hacían. Recordemos el hombre que antes de su siesta quiso tomar el pan que dejó debajo de su cama para digerirlo antes de dormir y no encontró nada, algún inteligente se lo habrá llevado. En ese momento se paró y fue a añadirse al grupo de aprovechados, prefiriendo ser el opresor que el oprimido, aunque hizo el intento. Esto explica porque los movimientos de dominación tienen tanto éxito. Retomando mi punto, yo creo que a un depravado y menos a uno ciego, no le importaría violar a una mujer que tiene la regla; éstos por otra parte avisaron que no importase quien la tuviera, que por favor no se presentara, que esperarían hasta otro día. Lo que nos dice que no estaban urgidos de placer, pero si de poder. Ésta orden, seguida de groserías para no perder la autoridad, sin darse cuenta que no hay palabras más impersonales, vacías y fáciles de digerir que los insultos; algo difícil de escuchar es la verdad, que era lo que los de la sala querían hacerles saber.

Innecesarios los detalles, solo se escuchaban los gritos ciegos de las mujeres que entraban a la tercera sala del lado izquierdo, mucho menos forzoso el explicar, porque una de ellas venía en manos de las otras seis mujeres mientras lloraban al cargarla. Intentando hacer su muerte más digna, fueron, guiadas por la mujer del médico, que sufrió la misma suerte, al baño por agua para limpiarle la sangre del cuerpo. Acostada en una cama, con seis mujeres a su alrededor limpiando su cuerpo pero no su alma. Se encontraba la mujer que no había podido dormir las noches pasadas. En silencio absoluto, no había duda para ninguno de los hombres, el horror de la situación se la podían imaginar.

Se siguió el mismo protocolo a los tres días con las de la sala de a lado, buscando a las ofrendas; pero hicieron una pequeña parada en la primera sala del lado derecho, un ciego que parecía haberlo sido desde mucho antes de la epidemia por su manera de comportarse y conocer del sistema Braille osó preguntar de manera cínica si las 7 estaban listas y emocionadas, a lo que la mujer del médico contestó con mayor frialdad: “Murió una, pero no se ha perdido gran cosa”. Los ciegos que habían ido en busca de ellas se quedaron atónitos, no supieron que decir, y se fueron. La mujer del médico tomó unas tijeras que había sacado de su bolso al vaciarlo para pagar la comida, y las llevo consigo. Quién sabe como le ha cambiado la vida el no ser ciega. ¿Cuándo es necesario matar?

Entre el desenfreno de los cerdos contra las mujeres a las que tocaba pagar su parte en la sala de los maleantes, entró la mujer del médico. En medio de tantos cuerpos forzados y aventados nadie sería capaz de percibir la presencia de otra alma. La mujer del médico se acercó lentamente y apuntó a la yugular del líder; las clavó sin dudarlo, mientras una mujer hacía su trabajo. Colmado el ambiente de gritos de placer y dolor, se disfrazó el grito de agonía que soltaba el hombre, pero el ciego contador (aquel que fue ciego desde mucho antes) distinguió el sonido e inmediatamente supo que se trataba de la mujer del médico, que tantos problemas les había dado. Y si es verdad que hasta cuando planeamos de la mejor manera las cosas algo sale mal, a la única a la que la vista le servía de algo, para bien o para mal, y la única que tuvo tiempo de pensarlo todo, fue a la que se le olvidó lo esencial. En este caso el poder lo mantenía quien poseía el arma más poderosa, la mujer del médico lo tenía en la primera sala por ser la más inteligente pero en ésta y en todas las demás, el arma era la pistola del ahora muerto. Su instrumento de sometimiento, ahora en manos de otro maleante, el ciego contador. Disparó hacia todos lados pero ya muy tarde, las mujeres se habían ido y la mujer del médico se encontraba en el pasillo.


Las personas no sabemos de que somos capaces, incluso aquellos que creen conocerse bien. Cuando una situación nos impulsa a dar un extremo de nosotros, ya sea para bien o para mal, para salvar o para matar; en este caso salvando a los hambrientos y matando a los tiranos, es más fuerte la necesidad y la insuficiencia de un grupo de personas, que la vida de quién las subyuga; mucho menos sabremos como reaccionaremos si un grupo depende y confía en nosotros.

Y si algún significado tuvo el haber tenido vergüenza y ahora finiquitarla dentro de ese infierno; ya tampoco tendrían a nadie que les llenara la barriga, pero siempre ha habido quien se llene la barriga con la falta de vergüenza; si algo les quedaba, era poca dignidad. Que en realidad sobraba, alguna forma de recuperarla para los hombres sería el ir por la comida. Es cierto, tienen armas y ellos solamente las manos, pero las mujeres tampoco tuvieron con qué defenderse. Hubo quién dijo que no estaba dispuesto a perder la vida para que los demás se llenasen la barriga, otro hombre le preguntó si estaba dispuesto a no comer si alguien perdía la vida para que comiera. Cierto, a veces parece que la razón protege al egoísmo, pero no es así.

A la mañana siguiente, nadie se atrevió siquiera a preguntar por la comida, mientras no lo hicieran, no escucharían el áspero “No hay” y aún seguiría la falsa esperanza. Si no fuera por la mano que degolló a aquel maldito, seguiríamos comiendo; que importa mandar a las mujeres de vez en cuando. Pensó aquel mismo hombre. El mismo egocéntrico que espera que arriesguen el pellejo por él y no está dispuesto a hacerlo por nadie, vaya que rondan muchos de ésos, aunque no ciegos, por las calles.

Encontrar la comida se volvía imposible, parecía ya no llegar al zaguán, todas las salas esperaban ansiosas y aquel ciego contador que creía tener el poder por tener la pistola también ansiaba la guerra que se desataría. Oportunidad para volver a enseñar quien manda. Los ciegos siempre están en guerra. Lo que no divisaba era que el arma ya no lo hacía el ser superior; siquiera aquel otro hombre, que si de algo le sirvió ser un aprovechado, ahora que está enterrado y putrefacto en el mismo jardín que aquellos que hicieron el bien en su vida, había tenido poder de convencimiento, sabía tratar a los suyos. Conocía la primicia de las dictaduras, no puedes someter a todo el mundo, algunos fuertes tendrán que creer en ti, y nadie creía en aquel contador.

Todos aquellos alientos que hace poco se daban a respetar, hablaban de libertad y dignidad estaban ya no solo ciegos, pero mudos. Incapaces de comprender lo que pasaba, bloqueados, y fue la mujer que todo este tiempo había estado callada la que decidió hablar, con acciones, porque así se calza a la gente. Esa noche tomó un encendedor, uno nunca sabe cuando va a parar el vicio y lo llevó al manicomio, de haber sabido para que lo usaría. Aquel encendedor que prendería lo que algún día le quitaría la vida, ahora encendería la esperanza de vivir mejor. La sala de los maleantes estaba barricada por unas camas, impúdicas. Y si alguien conoce los conceptos más básicos de la química, aquellos deshechos prenderían en un abrir y cerrar de ojos ciegos, toda aquella sala, con la única puerta de salida tapada por las llamaradas. Si una puerta en el pasado evitaba que salieran los locos, ahora evitaría que salieran los estúpidos.

El manicomio se incendió más rápido de lo pensado, pagando más justos que pecadores como siempre. Y por si fuera poco, como todos nos cegamos por bien propio y nos olvidamos de los demás. Aquellos ciegos atropellaron lo que se encontraba a su paso. Salieron todos esperando a guardias que los guiaran en el camino, pero estaban solos. Enfrentándose al mundo solos, y por un instante es como si hubieran querido regresar a aquel manicomio que aunque prisión había sido seguridad del mundo por mucho tiempo, ahora ya no. Se mantenían juntos, no habría nadie que los guiara si se perdían.


La mujer del médico llevó a todo su grupo con ella a la mañana siguiente: La mujer de las gafas, aquel viejo que alguna vez les prestó la radio para saber lo que pasaba en las calles y les contó lo que había visto antes del infortunio, el médico, el primer ciego y su esposa, el niño estrábico que fue al consultorio del médico alguna vez. Fue ella quién los guió por el verdadero manicomio, las calles. La razón por la que no había guardias, todos estaban ciegos. Y si es que de algo le sirvió ver en el manicomio, ahora en este manicomio de mayor tamaño le serviría de un poco más, ventaja. Fue a dejar a su grupo con instrucciones claras de no moverse a una tienda en la esquina de la calle, las casas ya no eran de nadie, hubo quienes se quedaron ciegos en la calle y no podrían ya regresar, el techo era para todos, ricos o pobres, y el frío también.

Al regresar con un poco de comida que había encontrado en el sótano de un supermercado que estaba completamente vacío, la mujer del médico los guió a la casa de la chica de las gafas.  La vida no hay que verla para vivirla, prueba de esto fue el niño estrábico que disfrutó más que nunca su nuevo par de zapatos que pasaron a recoger a una tienda abandonada antes de llegar a la casa de la chica. En el primer piso estaba una vieja, la dueña al parecer de todos los apartamentos. Primero fue muy grosera, pero que fácil es juzgar si no hemos vivido lo que ella ha vivido, está sola. Le dio las llaves a la chica de las gafas oscuras sin pedir nada a cambio, la comida de su casa ya se la había comido, peor al ver que tenían comida, fue más fácil el custodiar por la supervivencia que el atenerse a los valores y les pidió algo a cambio del favor.

Pasaron la mujer y su esposo frente a la iglesia un día, todos los santos y las pinturas tenían los ojos vendados en blanco, las pinturas con un pincelazo. Como si el párroco al ver lo que pasaba, no hubiera querido que los santos vieran el salvajismo y el comportamiento del ser humano de vuelta a sus orígenes, a lo más bajo. Donde la moral no existía por el simple hecho de que no había ojos que juzgaran.

Fueron todos, después de visitar la casa del primer ciego y la de la chica, a casa del médico. Tuvieron buenos días, días como los vive la gente que ve. Con agua potable y comida que habían podido tomar del supermercado, conviviendo y dándose tiempo de conocerse. Y fue ahí, en casa del médico, donde todos recuperaron la vista. La mujer del médico volteó al cielo, vio todo blanco, bajo la mirada, seguía viendo.

Luchar es una forma de ceguera

Luchar es de alguna forma hacer un lado todas las demás posibles soluciones diplomáticas y engancharnos en la idea de que sólo existe una solución permanente, la cual es: desaparecer al enemigo. Es ceguera porque es aislamiento de  alguna otra forma de deliberar y por lo tanto, la desaparición o imposibilidad de ver más allá de lo que cavilas; imposibilidad de pensar.

Me parece curioso que en el libro sólo mueren las personas que lucharon de verdad por un lugar mejor y las personas que se aferraron a hacer de éste lugar lo que a ellos les convenía. Por ejemplo: El ladrón, al querer aprovecharse a toda costa de la mujer de las gafas oscuras; los policías y el taxista, al querer tomar la comida antes de tiempo fueron disparados; el dependiente de farmacia y el “compañero sexual” de la mujer de gafas oscuras, al pelear por la comida que les pertenecía y atreverse a ir al frente, fueron las dos víctimas de los balazos tirados al aire, la mujer de los insomnios, que se atrevió a quemar la sala de los maleantes y se quemó ella sola también; y como olvidarlos, a los maleantes que quisieron hacer del manicomio una oligarquía.

Me gustaría agregar dos frases de Saramago que comparto: “Sólo merecen morir los que vivos, están muertos por dentro”; además, “En la muerte, la ceguera es igual para todos.”